Pensando la pluralidad

Pensando la pluralidad
Conversación entrevista con José Marzo
Por Carlos Cortés

Cuando leímos hace algunos años La alambrada, esa historia al límite entre un moribundo y su sobrino, algunos pensamos que la novela seguía siendo posible y necesaria en la sociedad contemporánea. La lectura del ensayo El paso, que antes de ser libro se publicó por entregas en la revista Lukeentre los años 2000 y 2004, también nos hizo ver que son posibles y necesarios el ensayo y la filosofía escritos desde fuera del mundo académico… Si la democracia es una «anomalía histórica», como dice en uno de sus aforismos, José Marzo es también una anomalía en la cultura española actual, una «anomalía literaria».
Agua es un libro sencillo y complejo a la vez. Cada aforismo es una llamada a nuestra inteligencia, una caricia que despierta una sensación, a veces una bofetada inesperada que nos aturde. Hay que leerlo: «Un buen aforismo es el peldaño que el lector pisa para subir». Leamos, pisemos y subamos.

La dedicatoria

CC:  En la dedicatoria de Agua, hay una alusión al 15M: «A los que, en la plaza o en su estudio, vieron más lejos y más claro».
JM. Quería subrayar ese doble plano de lo público y lo privado. La plaza, en la cultura española, es el símbolo de la vida pública. Aunque cada vez menos, porque los grandes centros comerciales, con sus avenidas con aire acondicionado y comercios, las han sustituido casi por completo…. Pero sí, también pensaba en el 15M. Comencé a escribir Agua en mayo de 2011. En principio, sólo quería recoger mis impresiones y reflexiones sobre lo que estaba sucediendo.

CC. ¿Cuál es tu opinión sobre el Movimiento de los Indignados?
JM. El 15M es lo mejor que le ha pasado a la cultura europea en las últimas décadas, desde el Mayo del 68. Me refiero a la cultura política democrática. Prefiero hablar de «15M» y no de «movimiento de los indignados». En español, hay una distinción muy clara entre «ser» y «estar». No es lo mismo, desde luego, «estar indignado» que «ser un indignado».
Acampada del 15M en la
Puerta del Sol de Madrid (mayo de 2011)

CC. ¿Adónde quieres ir a parar?
JM. Hay un momento para la indignación y la protesta y otro momento para la reflexión y la propuesta constructiva. También yo me indigno, claro, quién no; pero la cabeza siempre debe dirigir nuestras acciones. La cabeza, la racionalidad, siempre delante. Hay algo que no me acaba de gustar en esa supuesta identificación de los que en un momento dado protestamos con la mera indignación. Me recuerda a esa ideología medieval que dividía a los hombres entre la nobleza que guerrea, el clero que reza y la plebe que labora. Los poderes dominantes pueden tener un interés por identificar a los contestarios con la irracionalidad. Dividir el sistema actual entre los empresarios que invierten, los políticos que gestionan y los ciudadanos que trabajan y protestan… La democracia no resistiría esas divisiones estamentales. No son reales, porque todas las personas tenemos talentos diversos… Y a lo largo de una biografía individual, uno puede cumplir sucesivamente funciones distintas. No sé si me explico…

CC. Perfectamente.
JM. El nombre de «15M», que fue el primero y original, es más neutro, y puede englobar esas dos actitudes complementarias, racionalidad y contestación indignada. La capacidad de crear, la de gestionar, y también la posibilidad de crítica.

CC. ¿Participaste en el 15M?
JM. En la asamblea de la localidad donde resido. Sólo estuve en una ocasión en la Puerta del Sol, en los primeros días. Comenzaba mis vacaciones anuales poco después, en el mes de junio. Me marché de Madrid y, aunque tenía previsto escribir una novela corta, estuve muy atento a todo lo que ocurría y comencé a escribir los aforismos de Agua. También, casi inmediatamente, empecé a publicarlos en Twitter, aunque no debía haberlo hecho.

CC. ¿Por qué?
JM. Aislados, pierden significado. Los aforismos hay que entenderlos en su conjunto. Un aforismo suelto puede ser sólo una ocurrencia. Sin su contexto, se malinterpreta fácilmente.

CC. Entiendo, entonces, que tu primer conocimiento del 15M fue a través de la televisión y de las redes sociales…
JM. Al regreso de las vacaciones, comencé a frecuentar las reuniones semanales en la localidad en la que resido, al sur de Madrid. No fui un miembro muy activo, pero conocí a personas muy interesantes. Vi cómo el movimiento se iba reduciendo con el paso de las semanas y de los meses. Cómo el centenar de personas de las primeras reuniones se iba reduciendo hasta un pequeño núcleo de diez personas o poco más, al cabo de un año. Luego hubo algunas disensiones de fondo y acabé por distanciarme. Fue una experiencia muy interesante.

CC. ¿En qué sentido opinas que ha sido muy importante para la democracia?
JM. Por primera vez, se planteó una alternativa estrictamente democrática a la forma actual de la democracia. Ya se había desechado el modelo comunista. Se hablaba de igualdad y de libertades, de participación, nada más que de una democracia mejor…

CC. …y nada menos.
JM. Y nada menos.

CC. Han pasado cinco años. ¿Qué queda del 15M? ¿No es una pena que se fuera disolviendo?
JM. Quizá no. Pienso que sus efectos están por verse. Cumplió una función histórica importantísima. Dinamizó la cultura política, que fluye a un nivel más profundo que las prácticas institucionales o las de los partidos políticos. Es preferible que no haya tenido continuidad y nadie pueda apropiarse de su legado, porque así seguirá siendo una fuente de inspiración. Pienso que, sobre todo, fue un semillero de ideas, ideas para una nueva política, un nuevo tipo de asociacionismo y sindicación, ideas para una manera diferente de organizar las empresas y la economía…
(…)

Literatura

CC. Yo diría que Agua es sobre todo un libro sobre lenguaje y literatura, porque asignas a ambos un papel central en la sociedad.
JM. No quiero incurrir en el exceso de decir que el lenguaje o la literatura pueden cambiar el mundo. Hay una economía, unas estructuras institucionales, unas organizaciones … Ante eso, una palabra se hace pequeña, chiquitita. Pero el lenguaje nos permite entender la realidad y articular nuestras respuestas, por humildes que sean.

CC. Esa racionalidad a la que te referías antes. Sin embargo, la cultura hegemónica es audiovisual.
JM. Sí. Aquella famosa frase de la imagen y las mil palabras… es falsa. Desde luego, una fotografía describe el aspecto de un objeto más y mejor que mil palabras, pero las palabras hacen con el objeto cosas que la imagen no sueña. La clasifican, la explican, destacan de ella lo relevante, lo útil, le dan un fin… La humanizan. Por eso precisamente decidí usar una fotografía del planeta Tierra como ilustración.
Ilustración de cubierta del ensayo Agua

CC. ¿Lo hiciste porque llamamos Tierra a nuestro planeta a pesar de que la mayor parte de su superficie es agua?
JM. Tenia esa idea en mente, sí, en parte. Pero la capacidad de nombrar es sólo una de las propiedades del lenguaje. También categorizamos y le damos un sentido a las cosas. Y lo hacemos a una escala humana, que nos permita entender, disfrutar de la belleza de las cosas, y en algunos casos actuar sobre la realidad. Por eso contamos la distancia entre Madrid y París en kilómetros o en horas de vuelo, y no en años luz o en milímetros.
(…)

CC. Insistes mucho en la idea de la sencillez, en la precisión del lenguaje. Esto es una constante en tu propia obra literaria, desde tu primer libro.
JM. Los libros que más me han emocionado han sido obras escritas con sencillez, fueran novelas, poemas o relatos.

CC. Sin embargo, se ha impuesto la idea de que lo más característico de la literatura española ha sido lo contrario, el barroquismo.
JM. Autores como Quevedo o Góngora cerraron el Siglo de Oro. Quizá sea por eso por lo que se les ha visto como la culminación de un proceso, como obras de madurez de toda una cultura. ¿Y si fueran la expresión de una decadencia? No estoy de acuerdo con esa visión barroca de nuestra literatura. Yo me siento heredero de El Lazarillo, o ya en época contemporánea, de las novelas de Benito Pérez Galdós o de Baroja… Volviendo a los clásicos, El Lazarillo, La Celestina… los poemas de san Juan de la Cruz o fray Luis de León son obras luminosas. Claras, sencillas y luminosas. O las Novelas Ejemplares de Cervantes.
«El Lazarillo de Tormes», pintura de Goya

CC. Y el Quijote, claro.
JM. El Quijote es una genialidad. Una obra maestra. Pero no es para mí un modelo.

CC. Esto que estás diciendo te puede crear algunas enemistades.
JM. Podemos reconocer la grandeza de algo y al mismo tiempo no tenerlo por modelo… No creo que a la literatura le vengan tan bien los consensos. El Quijote es una obra paródica. Sin el objeto cultural parodiado, que es la novela de caballerías, la parodia queda colgada en el aire; nadie lee novelas de caballerías desde hace cinco siglos. A mí me gusta ver en el Quijote esa lucha entre el hombre idealista y humanista y la realidad decadente de su época, plagada de resentidos, oportunistas y gentuza en toda la escala social, desde el plebeyo hasta el noble. A partir de aquí, la obra, que se estructura en episodios, resulta reiterativa. Tiene escenas maravillosas, que ya forman parte de la cultura universal, como la de la batalla contra los molinos, o la de los galeotes que don Quijote libera, que es una de mis favoritas…

CC. En mi opinión, está a punto de convertirse más en un documento literario que en una obra viva, porque el lenguaje que utiliza es cada vez más lejano del actual, y también porque la cultura y los referentes culturales han cambiado mucho.
JM. Estoy de acuerdo contigo... aunque con eso que afirmas tampoco harás muchos amigos… En cualquier caso, sigue siendo una síntesis maravillosa de lo que estaba ocurriendo en la España de la Contrarreforma, el fracaso del humanismo en la España de Trento, la pérdida de los valores humanistas y sus ideales… He leído el Quijote dos veces, una en la adolescencia, en la época del instituto, y otra con veintipocos años, pero no creo que vuelva a leerla completa. Mi obra favorita de Cervantes es El licenciado Vidriera, una de las Novelas Ejemplares.

CC. El licenciado que toma un brebaje y se cree hecho de vidrio.
JM. Es como un Quijote en pequeño. El conflicto básico es similar, el del humanista contra la realidad reaccionaria, aunque se estructura como aquellas «vidas de filósofos» de Diógenes Laercio. He citado en muchas ocasiones el final…

CC. … cuando el licenciado recupera la razón y no logra ganarse la vida como letrado.
JM. Sí, y se marcha a Flandes, donde acaba eternizando por las armas lo que había empezado a eternizar por las letras… Pura ironía cervantina.
(…)
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes
atribuido a Juan de Jáuregui

CC. No he acabado de entender el aforismo en el que reivindicas una novela pluralista y te posicionas en contra de la narrativa fragmentaria («Reivindiquemos la narración del pluralismo y superemos los fragmentos inconexos de la posmodernidad, vieja prematura.»).
JM. A veces escribo en primera persona del plural para hablar conmigo mismo, me estoy dando un consejo… Pero… Tendemos a llamar «novela» a cualquier obra narrativa larga, y esto no es así. Una miscelánea hecha de fragmentos puede ser una extraordinaria obra literaria, pero no es necesariamente una novela. Veo la novela como un género narrativo humanista. El Lazarillo dio voz a otras maneras de ver la realidad, a otras perspectivas, y al diálogo entre esas perspectivas. Comparémoslo con la narrativa épica, que ensalzaba al héroe como representante de la nobleza. La épica es ideológica. El uso del verso o la prosa no es la frontera decisiva entre épica y novela. La frontera está en otro sitio. Quizá aún mejor que El Lazarillo, pensemos en La Celestina, con esos diálogos entre la alcahueta y la doncella cortejada, y los dos criados y el joven caballero… A eso me refiero básicamente cuando hablo de novela pluralista.

CC. Pero hay técnicas narrativas en la literatura contemporánea que no existen en los clásicos…
JM. Desde luego. Ahora, podemos narrar desde el punto de vista de un personaje y luego de otro, saltando de una perspectiva a otra a veces en el mismo párrafo, y de ese juego extraer una visión más rica de la realidad… Pienso que la mejor novela de la historia se gestó en la primera mitad del siglo XX, en el periodo modernista. Hace poco he leído dos obras de dos británicos: Pasaje a la India, de Forster, e Hijos y amantes, de Lawrence. Son obras maravillosas, de un realismo total, que superan esa ingenuidad de algunos realistas del XIX, que pensaban que podían reflejar la realidad sin más. Forster o Lawrence hacen que la novela sea subjetiva, la humanizan hasta el extremo, sin dejar de ser realista. Dibujan una realidad más compleja y rica. Luego ha habido como una prolongación de este impulso, pero también una decadencia… La posmodernidad ha tenido algo de responsabilidad. Y la economía de consumo, que ha impulsado una industria del libro con criterios más económicos que culturales.
(…)

Nueva Modernidad

CC: Uno de los conceptos más interesantes expuestos en El paso, tu ensayo anterior, es, en mi opinión, el de «Nueva Modernidad». ¿Lo tomaste prestado del sociólogo alemán Ulrich Beck?
JM. Conozco la obra de Ulrich Beck superficialmente. Desde luego, no tanto como tú, que eres sociólogo. Llegué a este concepto por otro camino, por el camino del humanismo.

CC. ¿Qué significa «Nueva Modernidad»?
JM. Me lo pones muy difícil con esa pregunta. Se supone que vivimos en plena posmodernidad, que todas las grandes certidumbres se han caído… que ya no creemos en el progreso… ni en el conocimiento como medio para emanciparnos… Que el lenguaje nos engaña, que todo depende del cristal con que se mire...

CC. Es un panorama un tanto… desalentador.
JM. La descripción no es mía y no estoy de acuerdo con ella. Pero seguimos flotando un poco en ese caldo. Hace años se repetía aquello de «¡sálvese quien pueda!», con sarcasmo, claro. Pero me preguntabas por la «Nueva Modernidad»… Te contaré algo personal, porque no sabría explicarlo sin apoyarme en mi experiencia personal… Alguna vez te dije que yo fui comunista. No sé, quizá nunca fui realmente comunista. Desde luego, nunca fui un «buen» comunista. Mis padres eran y siguen siendo comunistas de corazón, de los de base, así que yo en mi infancia bebí la ideología comunista de una forma natural, veía el mundo a través de esta ideología. Pero en plena adolescencia, con quince o dieciséis años, comencé a pasar por una fuerte crisis, porque aquel ideal comunista y sus ideas y sus argumentos, incluso su ciencia, no cuadraban con la realidad de los países comunistas ni con las prácticas del comunismo europeo. Mi crisis de la adolescencia debe de ser parecida a la que experimenta un muchacho que se ha criado en un entorno familiar cristiano, católico, y se hace preguntas y no se siente cómodo con los ritos y duda de la misma existencia de Dios. A mí me pasó algo parecido. Dudaba del dios comunista. Salí de la adolescencia con una terrible confusión de ideas.

CC. Fue entonces cuando comenzaste a estudiar filosofía.
JM. Por poco tiempo. Abandoné enseguida los estudios universitarios… Debía trabajar, quería dedicar mi tiempo libre a leer y a escribir… Pero te hablaba… lo importante para mí en esos años, como para cualquier persona, era entender el mundo. Necesitaba, porque todos lo necesitamos, un marco de ideas y de valores que me permitiera entender la realidad y vivir en ella.

CC. Estamos hablando, por tu edad, de los años ochenta, de la primera década de democracia en España tras el franquismo.
JM. Sí. Estaba muy confuso. La democracia me resultaba insatisfactoria…  ¿Cómo combatir las injusticias del sistema? ¿Existía una alternativa económica democrática al capitalismo? ¿Cómo conciliar la justicia social con las libertades individuales? Porque yo, por mi carácter, he sido siempre un solitario; digamos que amo la libertad individual de un modo congénito. Por aquella época e incluso más tarde, en los años noventa, las únicas personas que se atrevían a reivindicar la igualdad eran las feministas, sin renunciar a la libertad, en su lucha por la igualdad de derechos con los hombres.

CC. Una lucha a la que le faltan muchos episodios.
JM. Desde luego. Pero fíjate cómo ha cambiado la condición de la mujer en las últimas décadas, no sólo en España, sino en todo Occidente… Si miramos la historia con perspectiva, veremos que las mujeres han dado un gran salto adelante. Y precisamente fue leyendo a una mujer, a la belga Chantal Mouffe, como empecé a ver que era posible conjugar la igualdad social con las libertades.
CC. Citas a Chantal Mouffe en una de las primeras estaciones de El paso.
JM. Sí, para mí fue determinante, porque me abrió las puertas de todo un campo de pensamiento político.

CC. ¿Pertenece entonces el concepto de «Nueva Modernidad» a Chantal Mouffe?
JM. No, que yo recuerde. Al contrario, sí recuerdo que respalda la posmodernidad. La propuesta de Chantal Mouffe está dentro del análisis de los discursos políticos. Su visión es histórica y estratégica, y una de sus intenciones declaradas y legítimas es frenar los populismos de derechas. Había algo muy productivo en lo que proponía, pero le faltaba la necesidad. ¿Por qué estos principios y no otros? Existe la mayor de las diferencias entre apostar por unos principios estratégicamente y hacerlo porque creemos en ellos.

CC. ¿Puedes explicar esto mejor?
JM. Si las circunstancias ya no hacen necesaria una estrategia, ¿nos desentendemos de los principios? ¿Los cambiamos por otros? Mi opinión es que la igualdad y la libertad están aquí para quedarse porque son principios culturales, y hay que pensar y actuar en consecuencia... Todo esto lo razono en El paso. Pero había otros argumentos de Mouffe con los que no estaba de acuerdo. Recuerdo que rechazaba expresamente el humanismo. Y además estaba la cuestión del derecho…
Bertrand Russell hacia 1936, fotografía de Bassano

CC. ¿Podrías citar en cuál de sus libros rechazaba el humanismo?
JM. Leí la mayoría de los libros de Chantal Mouffe hace unos quince años. Me lo pones muy difícil. No he seguido detenidamente su evolución. No comparto su actual defensa de un cierto populismo de izquierdas, pero sigo compartiendo con ella la idea de que la agonía y el conflicto son básicos en la democracia pluralista. Como sea, ella se distanciaba del humanismo. En el mundo académico, se suele identificar el humanismo con el liberalismo. Esto nos ocurre a todos a menudo, que categorizamos algo incorrectamente y este error nos cierra las puertas a nuevas posibilidades. Yo había leído mucho a Bertrand Russell, que es liberal, pero sobre todo un gran filósofo de la ciencia y del lenguaje. Y él identifica liberalismo con empirismo y con humanismo. No estoy de acuerdo con él. Hay un humanismo previo al liberalismo, incluso en la Antigüedad, en Grecia, como hay otras expresiones humanistas en el pensamiento político contemporáneo.

CC. Por ejemplo…
JM. Por ejemplo, además del liberalismo, claramente el socialismo, porque la socialdemocracia también es un humanismo. Hay ocasiones en que ambos humanismos se solapan, pero se puede apreciar que se basan en valores diferentes, o más bien en interpretaciones distintas de los mismos principios. Y habría al menos un tercer humanismo, que es quizá el que encuentra más dificultades para estructurarse, un humanismo que busca la igualdad social, celebra la diversidad y se basa en la extensión de la participación política, sobre todo mediante el sufragio universal y el voto secreto.

CC. Oyéndote, tengo la impresión de que hemos pasado de esa visión economicista, heredada del marxismo, a una visión, digamos, cultural.
JM. Sí. Pero todo esto tiene muchas ramificaciones. Antes mencioné la cuestión del derecho. Y es que, durante la preparación de El paso, me encontré con que esos principios de la igualdad y la libertad, que en principio Chantal Mouffe recupera como principios discursivos políticos, también son principios del derecho democrático, además de los principios y valores propios del humanismo, como corriente de pensamiento y literaria, en un sentido amplio. Así que de aquí se derivó todo lo demás: varios tipos de humanismo y la centralidad del derecho y de la cultura.

CC. ¿Y la Nueva Modernidad?
JM. Las certidumbres de la modernidad parecían apoyarse en la ciencia; ahora tenemos un pluralismo humanista basado en principios que se interpretan. Pero no es un pluralismo ilimitado, sino que acota unos límites. Al contrario de lo que parece impulsar alguna versión del posmodernismo, su «todo vale», su «todas las culturas valen lo mismo», tenemos un pluralismo sobre unas bases culturales vinculadas al derecho, al reconocimiento de la igualdad, a las libertades individuales, a la participación. Esto es en lo básico lo que llamo Nueva Modernidad.

CC. Si no he entendido mal, sustituimos certidumbres científicas por principios interpretables.
JM. Mejor, sustituimos la ideología por la axiología, que es la ciencia de los valores. Los filósofos de la ciencia están pensando en esto. Por ejemplo, Javier Echeverría, al que me gustaría leer con más calma, observa que la práctica tecnocientífica está impregnada de valores. Pero no nos equivoquemos, dos y dos siguen siendo cuatro y el Sol no gira en torno a la Tierra. Ciencia y humanismo no son opuestos, sino complementarios.
(…)
Ciencia y valores,
de Javier Echeverría
Filosofía y creación

CC. ¿Eres consciente de que tu ensayo no será bien recibido por el mundo académico?
JM. Lo lógico es que no le presten ninguna atención. El mundo académico está ensimismado. Sólo soy un escritor y, a mi manera, un filósofo, si entendemos filósofo en el sentido original de amante del saber. No soy un especialista ni lo pretendo, y reconozco que muchas de las ideas que expongo son aproximaciones. Mi libro está dirigido a un lector culto al que le gusta pensar, pero no a los especialistas.

CC. Me comentabas antes que la mayoría de los aforismos los escribiste hace ya dos o tres años. ¿Te ha costado mucho decidirte a publicarlo?
JM. Mucho. Pero, a fin de cuentas, me habría gustado leer un libro como El paso o como Agua. Quizá haya un lector al que le interese y pueda encontrar algo útil en él. Si dejáramos el mundo en manos de los supuestos especialistas, todos callaríamos. Si todos calláramos, no habría democracia. Prefiero correr el riesgo de equivocarme.
(…)

Despedida

CC. Hace poco, en una red social, has comunicado tu intención de cerrar ACVF Editorial.
JM. Fundé ACVF Editorial en 2006 con la intención de aportar un grano de arena a la renovación literaria en España. El plan era profesionalizar la editorial y luego pasar la dirección a otra persona, impulsando un ciclo virtuoso. Pero sin presencia en librerías ni acceso a los medios de comunicación influyentes, nos estamos asfixiando. Si la mantuviera así, estaría traicionando yo mismo su propósito original. Me he dado unos años de plazo.

CC. ¿A qué te refieres con «ciclo virtuoso»?
JM.  En una empresa o en cualquier otra organización, primero aprendemos, luego vamos asumiendo responsabilidades, después enseñamos a otros y luego vamos trasmitiendo responsabilidades. En la mayoría de las empresas y las organizaciones sociales, suele darse un modelo opuesto: se constituyen como pequeñas monarquías absolutistas, con sus conspiraciones, sus luchas intestinas por el poder…

CC. ¿Y después de cerrar ACVF, no sentirás que has fracasado? ¿Qué harás después?
JM. Lucho por lo que creo. Hemos publicado libros extraordinarios. Si ACVF no cuaja, quizá en el futuro alguien pueda estudiar lo que hicimos y en qué fallamos y hacerlo mejor… Posiblemente cree otra editorial, en la que publicaré las obras de algunos autores con los que he adquirido un compromiso y para publicarme a mí mismo, pero será una empresa personal.
(…)
José Marzo

CC. ¿Qué prefieres escribir? ¿novela, ensayo, artículos?
JM. Son géneros muy diferentes que requieren actitudes muy distintas. De algún modo, el ensayo lo llevas siempre contigo; vas pensando, vas meditando, desestimando argumentos, elaborando otros. Los artículos son una respuesta a cuestiones actuales, cosas que han sucedido, que has leído… Son como una pequeña descarga eléctrica, ligera y breve. Pero escribir novela es apasionante, es sumergirte en una realidad propia. Escribir una novela es vivir una vida.

CC. Cierras Agua con una sección titulada «Despedida». Realmente, más que a despedida del libro, suena a despedida personal. El último texto es muy hermoso, «Restos». Se diría que dejas de escribir. O por lo menos de escribir novela.
JM. Hay un gran malentendido acerca del proceso de creación. No escribimos una novela como hacemos puzzles de cinco mil piezas por las tardes o preparamos bizcochos para desayunar los domingos. Una buena novela requiere una dedicación total; puede ser una dedicación breve, pero tiene que ser total. La alambrada, que algunos consideran mi mejor novela, la escribí en diez días con sus noches; pero antes había estado tres años incubándola, y luego la edición me llevó varios meses. En la práctica, he dejado de escribir hace casi dos años, que es el tiempo que ha transcurrido desde Noticias del fin del mundo. Llevo conmigo varios proyectos de novela y no sé si algún día podré acometerlos. Una cosa que oyes, una cosa que imaginas... Los proyectos van dibujándose poco a poco. Pero las circunstancias de la vida me están llevando a centrarme en otras tareas y me obligan a aplazar los proyectos. Si algún día vuelvo a escribir una novela, será porque puedo implicarme en ella como siempre he hecho, totalmente.

Veladas de La Garza, en Ischadia. 
Extracto de las conversaciones mantenidas las veladas
de los días 23, 24 y 25 de julio de 2016.

Semblanza de Miguel Baquero, un escritor de verdad

Semblanza de Miguel Baquero
por José Marzo

Acabo de leer Carretera, pasta, poder, la trilogía de novelas cortas firmada por J. Miguel G. Martín, alias Miguel Baquero.

Miguel Baquero, al que Antonio Paniagua calificó recientemente como «un escritor que ama la burla», nos sirve ahora unas páginas empapadas de amargura.

Una novela, un relato, es también un estado mental. No hay nada gratuito en este viaje que Miguel Baquero nos propone: tres novelas que se atreven a sondear tres claves de nuestra condición. Reinventarse en cada libro es una exigencia intelectual, porque, cuando nuestro estado de ánimo o nuestra visión del mundo ha variado, es imposible repetirse sin engañarse a uno mismo ni incurrir en la autocomplacencia.

Pienso que este nuevo libro se entenderá mejor en el contexto de la trayectoria de Miguel Baquero.


Las máscaras del escritor

Novelista, cuentista, crítico literario en ratos perdidos, Miguel Baquero se crió en un barrio de Madrid, estudió periodismo y trabajó durante años en Correos.

Primera edición de Vida de Martín Pijo
(Vosa, 1999)
Se dio a conocer a los lectores en 1999 con la novela titulada Vida de Martín Pijo. Más bien deberíamos decir que Miguel Baquero «no» se dio a conocer. Publicó aquella primera edición como anónimo, borrando su identidad de esta narración breve, ingeniosa y divertida que era algo parecido a una actualización del clásico Lazarillo de Tormes y al mismo tiempo un homenaje. El resultado no es, desde luego, un pastiche. El pastiche es imitación disimulada, pero aquí no hay ni imitación ni disimulo. Lejos de limitarse a calcar un estilo y una estructura sobre un escenario social contemporáneo, en Vida de Martín Pijo se invierte el ascenso social del protagonista y se trastoca el conflicto básico de la narración, para asentarlo en esta época desnortada y corrupta, por este orden, porque es corrupta a fuerza de desnortada. El resultado no es una novela picaresca, sino más bien la parodia de un ingenuo que cae con sus valores a cuestas en medio de una sociedad que los desprecia. El niño bien, de buen apellido y buen colegio, pasará de una profesión a otra, cada vez más abajo, hasta acabar haciendo ripios en un absurdo concurso de poesía.

Fiel a este antecedente, Miguel Baquero siempre ha jugado a los disfraces y al escondite con los lectores. Uno ya no puede estar seguro de si su nombre real es J. Miguel G. Martín o Miguel Baquero, o ninguno de los dos. Quizá un tal Janer o ese Menéndez que se subió al barco de la revista La Fiera Literaria. ¿Qué es un «nombre real»? Muchos habrán leído en revistas sus críticas literarias sin reparar en la identidad que guiña el ojo tras la firma.

Si una mayoría de lectores lo considera sólo un escritor de humor, es quizá porque no ha leído su novela Matilde Borge, aviador. O quizá porque es en el humor donde, hasta ahora, se ha demostrado rotundo. En 2009 Miguel Baquero publicó un volumen de cuentos en libro de bolsillo en otra pequeña editorial, ACVF, sin distribución en librerías y en quiebra. Los Diez cuentos mal contados deberían haber sido un acontecimiento literario en una sociedad atenta al talento. En España, este volumen entre la fábula y la ciencia-ficción pasó desapercibido excepto para una minoría: algún librero voluntarioso, unos pocos amigos con criterio literario propio. El relato que abre el volumen, «Carta desde las ruinas», es una delicia. Merece que nos detengamos un momento en este relato, que habla de nuestra época desde un futuro imposible. Tras una destrucción masiva (quizá una guerra nuclear), unos sabios arqueólogos de la humanidad futura, que vive una nueva Edad Media, visitan las ruinas de esos santuarios profanos que son nuestros estadios de fútbol. Relato cuyo humor emerge de la extrañeza, divertido a fuerza de inteligencia. Espero que nunca lo hagan lectura obligatoria en los institutos.
 
Diez cuentos mal contados (2009, 2015)
Muchas veces he defendido que debemos valorar las obras por encima de los autores, que una sola buena obra basta para justificar una vida literaria. Este propósito tiene por delante dos obstáculos: la imposición del mercado de consumo, que incentiva la cantidad por encima de la calidad como una estrategia de renovación constante del escaparate, y la utilización del nombre del autor como una marca comercial. Como impliqué antes, una gran obra literaria es en gran medida un estado mental, así que la autoría puede ser garantía de una cierta calidad, pero no necesariamente de una gran calidad. Son pocos los autores que han escrito más de una gran obra en su vida. Y tampoco demasiados los que han escrito una sola gran obra.


La felicidad de la escritura

Pese a Vida de Martín Pijo, pese a las «Cartas desde las ruinas», el Baquero más feliz es el autor de Amigo bloguero.

La web, los blogs y las redes sociales han cambiado y siguen cambiando nuestra forma de leer y escribir. La inmediatez de la publicación y la cercanía del lector son factores decisivos que están influyendo en el proceso de escritura. En su novela Misery, Stephen King llevaba al extremo las exigencias de una lectora, que, contrariada porque el autor de su serie de novelas románticas favorita ha dejado morir a la protagonista, decide secuestrarlo para que siga escribiendo. En la cultura de mercado, después de las exigencias negativas de las censuras gubernamentales (no escribas esto), el escritor puede verse abocado a las exigencias positivas de los lectores (escribe esto). En internet, uno casi puede sentir el aliento del lector en el cuello. Está detrás de nosotros y lee nuestro relato con una mano blanda y fría posada en nuestro hombro. En cuanto damos al intro y lo publicamos, el lector opina… o calla. Su silencio puede ser tan hiriente como su crítica.
 
Una de las fotografías que ilustran
Amigo bloguero.
Ésta es de Miguel Baquero
Durante varios años, Miguel Baquero escribió los blogs A esto llevan los excesos y El mundo es oblongo (Amigo bloquero 1 y  2), con la presión constante, inmediata e irreverente de los lectores, que lo felicitaban o reconvenían, que lo juzgaban y apremiaban. Para tomar la necesaria distancia frente al asunto y frente al lector, Miguel Baquero se inventó un personaje llamado Miguel Baquero: un buen tipo, algo pasado de peso, «calvorota», simpático y bromista, que se ríe de sí mismo. No le cae bien su cuñado y finge, dentro del fingimiento general, ser un tipo duro que mantiene a raya a la delincuencia organizada. Transformará el encuentro con un editor en una cafetería en la siniestra cita de dos traficantes de droga; unas vacaciones en familia en la playa, en un relato de suspense; un recuerdo infantil del pueblo, en una aventura. Miguel Baquero se convertirá así en el personaje protagonista de un viaje por el pasado y el presente de una vida ficticia sobre un fondo de realidad, en entregas semanales. Una parodia escrita por un tal Miguel Baquero que tiene por personaje a un tal Miguel Baquero. Creo recordar que una lectora definió sus mixtificaciones, ocurrencias y salidas como «baqueradas». Baqueradas eran: escritura feliz. El estilo es fresco, cercano a lo oral y lo coloquial. Se hace transparente. Entiendo por «escritura feliz» no una de tono alegre ni humorística necesariamente, ni aquella que trata sólo asuntos ligeros o divertidos. Un tema grave y un ánimo triste pueden expresarse felizmente. La escritura feliz es acabada y certera, eficaz, y da como resultado que el fondo y la forma armonicen y el texto se haga transparente.

El término «baquerada» fue un hallazgo. No recuerdo el nombre de la lectora que lo acuñó, pero si alguien me lo aporta, con mucho gusto lo indicaré en nota al pie de este mismo artículo.


Pasta, pasta, pasta

En mi opinión, Pasta es la narración formalmente más acabada de las tres que conforman la trilogía Carretera, pasta, poder. El narrador y protagonista es un ingeniero que pasa un par de años recluido en un garaje hasta dar forma a su invento y que luego vende la patente a una empresa japonesa por una cantidad desorbitada. Entre las condiciones del contrato, se establece la renuncia a la autoría de su invento. Esto es importante, porque la cuestión de fondo que se plantea en esta novela es la del vaciamiento de una personalidad. «Decadencia», dirá el narrador, en alusión a la ley de la entropía y la tendencia hacia el desorden. Después de haber pasado dos años encerrado investigando, ha perdido a su mujer y a sus amistades. Con el dinero recibido por la patente, se dedicará a llevar una vida de millonario discreto. ¿Qué haríamos si de pronto recibiéramos decenas, centenares de millones de euros? El protagonista compra su seguridad sobornando a una banda de delincuentes, compra algunas casas, compra algunas amistades y amores, compra… Pasta, decía, es una obra sobre el vaciamiento de una personalidad, sobre la soledad en un sentido absoluto. No se trata de una facilona parábola del dicho «los ricos también lloran», sino de una reflexión sobre a qué renunciamos por dinero.
 
Retrato de Miguel Baquero
(fotografía por Lola Coya)
Ha habido una evolución drástica en el estilo y los motivos de Miguel Baquero desde su anterior obra, Amigo bloguero. La escritura se ha vuelto indecisa. Baquero busca un nuevo tono, un nuevo estilo. Fía la eficacia literaria de su obra a la fuerza de la estructura narrativa, la mayor virtud de Carretera, pasta, poder.


Novelas cortas

¿Novelas cortas o relatos?  El tinglado literario-comercial actual necesita libros gordos. Los libros gordos se venden más caros y permiten amortizar la inversión en publicidad: el alquiler de espacios en radio, prensa y televisión, de escaparates de librerías y de góndolas en los grandes almacenes. La etiqueta «novela» ayuda a vender (a veces, a vender engañando), aunque la narración no sea necesariamente una novela, sino una miscelánea o un volumen de cuentos con un marco narrativo común. Lo que distingue a un cuento de una novela hay que buscarlo, más que en el tamaño, en la complejidad del argumento y de los personajes. Pero una novela corta sí se distingue de una novela larga por su tamaño. La novela corta se suele ceñir a un solo argumento, evitando bifurcaciones y concentrando la expresión: tiende a la síntesis. Se va a leer en una, a lo sumo dos horas, y su eficacia va a depender de su capacidad para construir un mundo en una sola sesión de lectura. Pienso que las tres narraciones de Carretera, pasta y poder son novelas cortas por estos motivos.

Baquero, desde el mismo título, ha jugado con nosotros al despiste. Las tres obras incluidas en Carretera, pasta y poder llevan un título irónico. Una novela que trata sobre la memoria y la culpa se titula Carretera. Una novela que trata sobre la soledad y el vaciamiento de una personalidad se titula Pasta. Una novela que trata sobre la impotencia y la crueldad se titula Poder. ¿Por qué?

De la cultura norteamericana, la cultura europea actual ha absorbido el mito de la carretera como medio de liberación personal, de búsqueda individual de nuevos paisajes y realidades. El prototipo sería esa vieja Ruta 66 popularizada por el cine y la televisión y que atraviesa parte de Estados Unidos. El protagonista de Carretera, sin embargo, iniciará un viaje que debe llevarlo de Madrid a San Petersburgo, atravesando por sus autopistas iluminadas esta Europa unida y descosida. Lo que realmente encontrará es el recuerdo de un homicidio accidental, muchos años atrás, en su juventud. No es un viaje hacia la liberación, sino hacia la memoria y la culpa.

Cubierta del libro.
(Lupercalia, 2016)
¿Hay mayor poder que el de construir casas y ciudades, tender puentes entre orillas enemigas, crear parques? Un recién divorciado al que sus hijas rehuyen, que vive en un piso compartido y tiene un trabajo rutinario, lleva una existencia sin sentido. Acabará por matar, de un modo mecánico, sin mucha justificación y sin ninguna pasión, a un gato, el único ser que le había proporcionado algo de calor. Esto es sólo el principio de un cambio profundo en la percepción de la realidad por el protagonista. Poder es una novela dura y, a su manera, terrible. El protagonista siente que ha cruzado una línea roja que lo separa de los demás, de los estúpidos, de todos nosotros. Él ya ha cruzado la frontera y está más allá. Ha descubierto el poder, y lo alimentará y lo irá ejecutando.

Las novelas incluidas en Carretera, pasta y poder forman un tríptico y tampoco es gratuito que Miguel Baquero las haya publicado formando una trilogía. Hay una línea subterránea entre el homicidio involuntario de la primera historia y el asesinato del teatro en la tercera. La locura acecha a estos dos protagonistas. En el centro, Pasta, el dinero, actuaría como novela-bisagra entre estos dos extremos. La lucidez cínica de su protagonista es como la piedra angular que sostiene el arco de la trilogía.


¿Tiempos necios y egoístas?

Piensa Miguel Baquero que hemos nacido en tiempos necios y egoístas. No sé si son más necios que otros tiempos pasados, ni más egoístas. Escritores vocacionales como Miguel Baquero y unos pocos más demuestran que la literatura que arriesga, la literatura que inventa y busca nuevos asuntos y modos de expresión se está escribiendo desde los márgenes. No existe censura expresa, se reconoce la libertad de expresión, pero la llamada industria mediática y cultural tiene las llaves de la difusión. Los lectores andan perdidos, desorientados. La crítica independiente e informada también es marginal e impotente. La propaganda ha sustituido al debate, los rotos de los pantalones se tapan con photoshop, los prestigios se pintan con la purpurina de unos premios con déficit de credibilidad. Reconocer el terreno de juego es imprescindible para moverse en él y, llegado el caso, seguir la senda que lleva a la salida. Hay que crear un propio terreno de juego, sin límites fijos y con las reglas de la calidad formal, la eficacia narrativa y la honestidad intelectual.

¿No tiene vuelta atrás el cambio de Miguel Baquero? Los escritores de verdad no pasan dos veces por el mismo sitio, abren nuevos caminos. Sólo en los talleres de escritura te venden que escribir «mola». La inquietud, el desasosiego y el cambio son parte de la esencia de los escritores de verdad.


José Marzo es novelista



Nota: La trilogía Carretera, pasta, poder ha sido publicada por la editorial Lupercalia (Alicante, 2016).



Veladas Literarias de La Garza, en Ischadia, 3 de julio de 2016